Devil Jam parte de una premisa tan extravagante como irresistible: firmar un pacto maldito con el mismísimo Diablo y lanzarse a una arena infernal donde hordas de fanáticos poseídos, demonios y roadies colosales te persiguen mientras empuñas una guitarra que funciona como hacha. Todo está envuelto en una estética metalera que no disimula su exageración; riffs estridentes, animaciones agresivas y un escenario que parece un concierto en el infierno le dan un estilo propio y muy atractivo desde el primer segundo.

A primera vista, Devil Jam se presenta como una variante del género survivor, pero con una estructura que intenta mezclar automatización ofensiva al ritmo de cuatro tiempos con un sistema de construcción interna más profundo de lo habitual. Aquí no se trata de atacar pulsando botones frenéticamente: las habilidades se ejecutan solas siguiendo un patrón rítmico, mientras el jugador se concentra en posicionarse, esquivar y reorganizar un tablero de doce casillas que funciona como un “fretboard” donde cada pieza —sea un ataque o un modificador— influye de manera distinta según su ubicación. La idea es ingeniosa y permite combinar sinergias interesantes, desde proyectiles potenciados por amplificadores hasta configuraciones donde una sola habilidad se convierte en una máquina de destrucción masiva.

Sin embargo, la ejecución no siempre alcanza el potencial de su diseño. El sistema rítmico rara vez se siente realmente conectado al compás, y los primeros minutos pueden resultar confusos porque Devil Jam explica poco y deja demasiado a la intuición. Los enemigos crecen en velocidad y resistencia muy rápido, lo que genera momentos frustrantes donde la única opción es correr sin parar mientras las mejoras obtenidas no se traducen en una sensación real de crecimiento. Aunque existe progreso permanente entre partidas, su impacto es tímido y cuesta percibir cambios significativos incluso tras varias mejoras. La progresión dentro de cada intento también avanza entre dudas. Para subir de nivel se obtienen nuevas armas o versiones más potentes de las mismas, pero se echan en falta modificaciones más clásicas como mejoras directas a movilidad, rango de recolección o estadísticas defensivas.

Donde Devil Jam logra romper esa monotonía es en la experimentación con la cuadrícula de habilidades. La posibilidad de crear configuraciones singulares, donde cada casilla puede alterar a otra de forma diagonal o vertical, introduce un componente táctico que se disfruta cuando se empieza a comprender. La satisfacción al encontrar una combinación devastadora puede compensar la repetición del escenario, que lamentablemente no cambia a lo largo de la partida y mantiene siempre la misma arena circular que termina por desgastar. El combate contra jefes se ubica en un terreno intermedio. Visualmente imponentes y con patrones de ataque más elaborados, aportan tensión y algo de espectáculo.

No obstante, sus barras de vida son exageradas y los enfrentamientos pueden alargarse más de lo que deberían, especialmente cuando la sinergia del tablero no acompaña. Tras una media hora de partida, estrellarse contra un jefe que simplemente no baja suficiente salud puede resultar desmotivador. A pesar de sus altibajos, Devil Jam tiene un magnetismo peculiar. Parte de ello proviene de su dirección artística y parte de su capacidad para crear pequeños momentos de claridad entre el caos, esos instantes en los que un acomodo perfecto del tablero convierte un intento perdido en una carrera triunfal. También ayuda que existan varios personajes que aportan estilos distintos, aunque ninguno cambia por completo la experiencia central.
The Review
Devil Jam
Devil Jam es un proyecto cargado de estilo que intenta combinar ritmo, acción automática y construcción estratégica con una energía muy particular. Su identidad visual y sonora es su mayor triunfo, pero la repetición del escenario, la dificultad desbalanceada en los primeros tramos y un progreso que tarda en sentirse real impiden que su propuesta brille tanto como podría.
