Corre el año 1959 y lo que alguna vez fue la tranquila ciudad de St. Monique está al borde del colapso. La crisis económica asfixia a la población y conseguir un empleo digno es tan improbable como ver llover en el desierto. En medio de este escenario decadente, tomamos el control de Winston Green, un joven ingeniero brillante con un pasado envuelto en misterio que, por razones desconocidas, ha dejado atrás una prometedora carrera académica para ganarse la vida entregando paquetes. A lo largo de unas diez horas (un poco más si decidimos completar las misiones secundarias o buscar coleccionables) descubriremos poco a poco qué llevó a Winston a cambiar los laboratorios por las calles de St. Monique. Aunque el juego coquetea con temas profundos como la introspección, los dramas sociales y personales, no tarda en dejar claro que no todo se toma en serio. De hecho, la historia salta con frecuencia de lo reflexivo a lo completamente absurdo, sumergiéndonos en situaciones tan disparatadas como hilarantes.

Este choque de tonos, sin embargo, no siempre logra el equilibrio deseado. La narrativa se ve afectada por transiciones bruscas entre lo serio y lo ridículo, a lo que se suma un misterio central que no termina de cuajar y una dirección cinematográfica irregular en las escenas clave. Como resultado, el apartado narrativo queda algo desdibujado y no logra sostenerse como el pilar del juego. Donde sí brilla Deliver At All Cost es en su jugabilidad. Desde la primera misión (en la que debemos entregar una caja de fuegos artificiales que estalla en plena ruta) queda claro que aquí hemos venido a divertirnos. Cada entrega es una nueva locura: desde lidiar con cohetes gubernamentales a punto de explotar, hasta transportar sandías podridas o enormes peces vivos. Cada paquete es una excusa para el caos, y el juego nunca deja de sorprender, arrancando carcajadas genuinas en más de una ocasión.

Entre misión y misión, podemos explorar libremente una de las tres grandes zonas disponibles, cada una correspondiente a uno de los actos del juego. Estas áreas están divididas en distritos, aunque lamentablemente separados por tiempos de carga poco amigables. En ellas, además de causar estragos entre los desprevenidos peatones (que, por suerte, parecen hechos de goma) o atravesar edificios como un huracán, también encontraremos misiones secundarias ocasionales, miradores, y cajas con dinero o materiales útiles. Como buen ingeniero, Winston puede mejorar su vehículo con piezas recicladas, dinero y mucho esfuerzo físico. Estos upgrades, que se consiguen a través de esquemas alocados disponibles en tiendas repartidas por el mapa, permiten desde convertir el capó y las puertas en armas, hasta instalar una sirena sónica capaz de romper ventanas. Aunque visualmente espectaculares, muchas de estas mejoras tienen más valor estético que práctico.

El talón de Aquiles del juego es, sin duda, la cámara. En lugar de ser completamente libre, solo permite una rotación limitada, lo que genera ángulos desafortunados tanto al conducir como al desplazarse a pie. Esto complica los saltos en las secciones de parkour y hace que tomar una curva correctamente sea, en ocasiones, una hazaña. Con el tiempo uno se acostumbra, pero incluso en las fases finales es probable que fallemos por culpa de estas limitaciones.
The Review
Deliver At All Costs
Aun con sus fallos, Deliver At All Cost cumple con creces su objetivo principal: hacer reír y entretener. Sus mapas, inspirados en una versión caricaturesca de los años 50 y 60, son como parques de diversiones disfrazados de ciudades. Las calles rotas, los puentes a medio construir y los obstáculos absurdos convierten la conducción en una experiencia tan caótica como satisfactoria.
